A veces, no es suficiente con ser positivo para que las cosas buenas lleguen

Además de ser positivos debemos tener paciencia y fuerza, pues puede que lo que deseamos tarde en llegar y antes debamos afrontar situaciones negativas, que nos harán valorar más lo positivo

La mayoría hemos oído hablar de la psicología positiva o aún más, puede incluso que apliquemos ya ese mismo enfoque positivo en nuestro día a día para alcanzar así la felicidad.

Desde que el psicólogo Martin Seligman escribiera en la década de 1990 su libro Learned Optimism (“Optimismo aprendido”), esta corriente ha conseguido una presencia y una relevancia notable en el mercado editorial y en el mundo del crecimiento personal.

El aporte más interesante que nos ofreció en su momento la psicología positiva fue desviar la mirada del campo de lo patológico hacia nuestras fortalezas internas.

Es ahí donde conceptos como la resiliencia, la motivación, la gratitud o la inteligencia emocional nos son sobradamente conocidos al igual que útiles.

Ahora bien, lo que en un momento dado tuvo, sin duda, su impacto y su relevancia, parece que en la actualidad lo está perdiendo.

Esto es así por una razón muy sencilla: en los actuales tiempos de crisis, de cambios y altibajos tanto a nivel social como económico, parece que el esquema del positivismo carece de ese brillo de antaño.

Tanto es así que son muchos los psicólogos y sociólogos que opinan que ya es hora de terminar con la “supremacía” del positivismo en las corrientes del crecimiento personal.

Sin embargo, más que desplazar, se trataría más bien de reformular y de entender que, en ocasiones, no basta con pensar de forma positiva para asumir que las cosas mejorarán sin más.

El enfoque positivo no siempre garantiza resultados exitosos
tarro de positividad
El pensamiento positivo ha sido durante mucho tiempo esa estrategia con la que enseñarnos a ser felices, con la que entender que con dimensiones como el perdón, la bondad o el altruismo nos ayudan a combatir emociones negativas como la ira, la rabia, la tristeza…

Muchas de estas se sustentan en el conocido principio de que “basta con cambiar un pensamiento para cambiar una emoción”. Cuando cambiamos la frecuencia de nuestras emociones, podemos mejorar nuestra realidad.

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Bien, aunque este esquema nos parezca inspirador, la realidad es mucho más compleja. La vida contiene matices muy sutiles, de esos que todos nos habremos encontrado en más de una ocasión:

Cuando me llaman para una entrevista pienso de forma positiva, confío e intento dar lo mejor de mí, pero ello no garantizará que vayan a contratarme.
Siempre di lo mejor a mi pareja, siempre confié en nuestro proyecto, fui positivo, valiente, considerado y comunicativo. Sin embargo, nada de esto ha bastado para que la relación siga adelante.
Tengo una buena formación, tengo unas notas excelentes y he sido siempre el primero de mis promociones… Sin embargo, nada de esto ha valido para que tenga un buen empleo.
Así, algo que, sin duda, debemos entender es que mantener la positividad es y será siempre algo esencial.

Sin embargo, es necesario que aprendamos a lidiar también con lado más adverso y complejo del día a día.

La felicidad tiene una pequeña “trampa” que debes aceptar
Mujer con el corazón marchito
Las cosas buenas no siempre les suceden a las personas que más lo merecen. Es más, en ocasiones, amigos y familiares caracterizados por una bondad y nobleza absoluta han tenido que hacer frente a las más devastadoras situaciones.

¿Por qué sucede esto? Cabe señalar que la famosa ley de la atracción no siempre surte efecto. No basta con desear, con pensar y, en ocasiones, con actuar de cierto modo para que acontezca aquello que deseamos.

Más que un pensamiento positivo, lo que debemos aprender a desarrollar es una actitud fuerte, flexible, valiente y resiliente.

Libros como “La trampa de la felicidad”, de Russ Harris, nos explican esto mismo de un modo muy sencillo e ilustrativo:

La sociedad en la que vivimos nos “vende” la idea de que debemos rodearnos de emociones positivas, de pensamientos positivos y felicidad.
Si nos dejamos llevar por esta línea lo que sucederá es que nos obsesionaremos tanto con la idea de ser felices, no sabremos cómo afrontar o gestionar la frustración, el malestar y las emociones desagradables.
Esta última es una idea que no podemos descuidar, y menos conociendo las complejidades de nuestro presente, tan competitivo, cambiante y demandante que estamos obligados a lidiar con la adversidad casi a diario.

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