Salvador Garmendia: maestro indiscutible del cuento y la literatura venezolana

“Viviendo en París me llegó un ejemplar de El único lugar posible, de 1986, un libro que leí deslumbrado y que todavía me sigue deslumbrando. ¿Qué era este libro? ¿Era una novela? ¿Era un conjunto de relatos? A lo sumo, me atrevería a decir,

Eran unas narraciones: abiertas, envolventes, inteligentes, soberbiamente bien escritas. Era el Salvador de la madurez plena, con un dominio de autor consagrado, cansado quizás hasta de la novela como género, que necesitaba experimentar a sus anchas, que comulgaba con las corrientes en boga”.

El relato forma parte de la impecable presentación escrita por Antonio López Ortega, sobre la vida y obra del precursor del cuento y la literatura venezolana, el maestro Salvador Garmendia, a propósito de la presentación del libro Cuentos completos de Salvador Garmendia en  los espacios de la III Edición de la Feria Internacional del Libre.

Prosigue diciendo “Salvador se me presentaba como nuestro gran narrador, como nuestro gran representante en las lides iberoamericanas que sobrevivían al boom. Era nuestro estandarte, la carta mayor de nuestro secreto juego de póker, nuestro embajador plenipotenciario”.

Sin duda, la literatura de Garmendia se sumó al famoso boom literario de la segunda mitad del siglo pasado cuyos exponentes fueron Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y otros notables latinoamericanos, al incorporar en sus obras uno de los principales recursos literarios que destacó a esta generación de escritores: El realismo mágico.

Con cierto matiz de tristeza en sus palabras, López Ortega admitió que en este tiempo es difícil admirar a nuestros grandes  autores, porque gran parte de ellos ya no están en las librerías,  por una industria editorial doblegada por las faltas de políticas públicas acorde con las necesidades del sector.

“Buscamos Cantaclaro, de Gallegos  y no la conseguimos; buscamos alguna novela de Pocaterra y nos contestan ¿por qué?; buscamos una edición de Cubagua y la confunden con un manual turístico. Tampoco Salvador escapa a esta mengua: ¿quién consigue un ejemplar de Día de ceniza?, ¿quién se jacta de tener una reliquia bibliográfica llamada Anotaciones en un cuaderno negro? Se nos ha vuelto una normalidad retener los nombres de algunos autores, pero ninguno de sus libros”

Al referirse a la obra de tres tomos y más de 1.500 páginas, editada por Fundavag, y expuesta en los stand de la Filcar, López Ortega,  dice “La edición que nos presenta de los cuentos completos de Salvador es una afrenta, un despropósito, porque nos obliga a pensar, a salir de nuestras limitadas casillas, a cuestionarnos, a revalorizar un autor, a reconsiderarlo, a verlo de otra manera. Dejaré de lado lo más obvio, aunque no menos importante: la hermosa y cuidada edición empastada, las mil quinientas páginas de textos, las fotos variables de Nelson Garrido con Salvador riéndose desde todos los rincones, el diseño de Waleska Belisario, los celos y cuidados de la Negra Maggi por establecer una impecable edición de textos…”

Llamó a la reflexión en torno a la necesidad de tomar conciencia sobre la importancia de Garmendia como cuentista, género con el que narró magistralmente cada uno de sus personajes, siendo este el género, al cual le brindó mayor dedicación durante toda su vida, e incluso, en sus últimos años, afligido por la tuberculosis.

”Por qué esta edición nos está diciendo que, sin duda, el cuento fue el género al cual le guardó mayor fidelidad, incluso mucho más que a la novela, que de alguna manera el último Salvador abandona en pos de mayor porosidad genérica o experimentación textual. Salvador escribió cuentos al comienzo, en medio y al final de su carrera, sin distingos de temas, obsesiones, constantes, enfoques o visiones. Es un maestro indiscutible del género, es un renovador, es un inquisidor. Es también, aunque la expresión no sea exacta, un estilista, un velador de la forma, un monstruo de la variación”.

Citó una reflexión de Alberto Márquez, hecha en el prólogo de la obra,  “cuando Salvador narra, se abre un vértice expresivo que nos lleva, simultáneamente, a dos destinos: uno, obviamente, es el de la historia, pero otro es el de ver cómo se narra esa historia”.

Prensa FILCAR

M.M CNP 6.561 Fecha: 14-03-2017

 

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